"La ciencia del Yoga no ofrece ninguna nueva religión, ofrece una metodología. A través de ella puedes entenderte mejor en todos tus niveles, incluyendo tu bienestar físico, tus acciones, tu proceso mental, emociones y deseos. Además comprenderás cómo te relacionas con el mundo. Esta ciencia crea un puente entre las condiciones internas y externas de la vida. El yoga es una forma de mejorarte a ti mismo, de entender tus estados internos". - Swami Rama

domingo, 7 de septiembre de 2014

EL YOGA DE MEDITACIÓN - Swami Krishnananda - part 2

IMPEDIMENTOS EN MEDITACIÓN

Entre más tratamos de entender la vida, más complicada se muestra, y más trata de eludir nuestro entendimiento. La sabiduría humana parece ser inadecuada para la tarea de manejar la situación en un mundo de fuerzas ininteligibles y hechos extraños que golpean fuerte el corazón del hombre.

Mucha de la dificultad radica en entender la estructura de nuestra propia personalidad, la cual está compuesta por elementos que no siempre están dentro del alcance de la percepción normal. La verdad del asunto es que el hombre vive en un mundo de fuerzas y no de personas y cosas.

Manejar personas y cosas es asunto diferente a manejar fuerzas. Porque la actitud humana varía cuando se dirige hacia un centro de fuerza, o hacia una persona o cosa. Es naturalmente imposible tener emociones de amor y odio con relación a un centro de fuerza que está entrelazado con otros centros similares en el mundo. Pero en relación con las personas y las cosas, uno experimenta un tumulto de emociones. Esto sucede por los modos diferentes en la evaluación de los valores. En una persona vemos algo que no podemos ver en un centro de fuerza, tal como un chiquillo ve algo en un muñeco, mientras que una mente adulta no ve nada en él. El chiquillo vincula un valor especial a un muñeco o, por ejemplo, a un auto hechos de azúcar. Para el chico son reales, en tanto que para una mente madura, son solo necios objetos hechos de azúcar. Aquí yace toda la diferencia entre el niño y el adulto. Mientras el niño ve la forma, el adulto ve la sustancia. El valor para el chico está en la forma y el color, mientras que el valor para el adulto está en la esencia. El adulto se divierte ante la evaluación de valores del niño, pues allí no hay la cosa que el niño ve, sino lo que el adulto ve.

Los centros de energía interfieren con nuestras personalidades en variadas de formas. Ese centro particular de fuerza, que por el momento exhibe caracteres de una estructura que en ese instante es el exacto contrario correlativo del modelo estructural de la individualidad de una persona, se convierte en un objeto de atracción y amor para la persona, y sucede un trastorno emocional en relación con ese centro de fuerza que se visualiza como un objeto localizado, debido a la capacidad limitada de percepción visual en el ser humano. Pero cuando en el curso del proceso de evolución natural de todas las cosas, los modelos estructurales de esos centros de fuerza ‘relacionados’, sufran automáticamente un cambio tal que modifiquen por completo sus formas en un espacio temporal dado, se dice entonces que hay lo que llamamos una aflicción, una pérdida de la posesión y, como consecuencia, una pena del corazón.

Las penas parecen inevitables para el ser humano, cuando éste rechaza ver las cosas correctamente debido a su matrimonio con los sentidos, los cuales no pueden ver siquiera lo que hay debajo de su propia piel. El ojo humano no puede ver lo que los rayos X o el microscopio pueden ver.

Tal como el ojo de un niño es incapaz de indagar en la sustancia del muñeco de azúcar, la visión humana no puede tener acceso a la estructura interna de los objetos y los toma por cuerpos sólidos, cuando en realidad son centros giratorios de energía. El microscopio verá nuestro cuerpo de forma diferente de lo que lo ven nuestros propios ojos. Y este error de la vista es lo que nos hace ver valor en las cosas. De la misma forma, nuestros otros sentidos hacen travesuras con nosotros. El gusto a la lengua, el olor a la nariz, el sonido a los oídos y el tacto a la piel, son en realidad diferentes fenómenos psicológicos producidos dentro de nuestro sistema cuando las vibraciones de los diferentes centros de energía universal interfieren en diversas formas con nuestros sentidos. Esta diferencia se debe, de nuevo, a la desemejanza en la estructura de nuestros sentidos. Tal como la misma electricidad congela cosas en el refrigerador, hierve nuestro té en una estufa y mueve un tren sobre los rieles, por la diferencia en el medio estructural a través del cual se manifiesta, así la energía universal se recibe como color por los ojos, sonido por los oídos, olor por la nariz, gusto por la
lengua, y tacto por la piel. La forma en que vemos un cuerpo es la manera por la cual nuestra personalidad total es capaz de reaccionar ante un centro de energía universal.

Cuando se intenta entrar en el campo de la vida espiritual no es suficiente si uno solo trata de entender cómo concentrar la conciencia en el concepto de la realidad, sino que es igualmente importante conocer las formas como uno puede fácilmente desviarse del esfuerzo. La mayor oposición que el buscador debe enfrentar en sus ardientes propósitos viene de las informaciones de los sentidos, que comienzan a protestar porque encuentran belleza y significado en las cosas de formas múltiples, así que tienen razones para amarlas, mientras que la conciencia investigativa interna arguye que la realidad debe ser una. Por esta razón, en las meditaciones espirituales sobre la idea de la realidad los sentidos se rebelan y compelen a la conciencia a poner atención a sus gustos. Los sentidos parecen no gustar de una actitud que no pueda apreciar que hay objetos localizados para amar con satisfacción.

La conciencia universal parece disiparse y encerrarse ella misma en los centros giratorios de fuerza, los cuales son nuestros objetos, y se ve a sí misma como si en un espejo hubiera algo visible con lo cual, de hecho, no puede establecer ningún contacto y por lo tanto no puede ser poseído. La conciencia comienza a verse a sí misma en el objeto al transferirse a éste, y el objeto, al asumir la posición del sujeto, entonces es amado y mimado como si fuera el ser, y el sujeto es transportado al éxtasis por el sentimiento de posesión causado por el contacto psicológico con el objeto, que ha asumido el carácter de sujeto. Lo que se llama existencia mundana es en su mayor parte una danza del ego al son de sus deseos, y un arrebato contra cualquier oposición al cumplimiento de éstos. En el largo plazo, el deseo deja de ser en una función psicológica y asume un carácter metafísico, endureciéndose, por así decirlo, y convirtiéndose en un obstáculo que no puede ser superado fácilmente por el esfuerzo de la conciencia. El deseo de alimento y sexo, así como las demandas del ego para investirse de poder, reconocimiento y gloria, no son solo un acto mental que pueda acallarse con facilidad, sino la rigurosa acción de las fuerzas con las cuales la conciencia se ha enredado, fuerzas que la conciencia comienza a considerar como si fuera ella misma. El amor es doble: sensorial y egoísta. En las meditaciones espirituales los deseos se convierten en enemigos atrevidos que trabajan duro para desobedecer los intentos del espíritu por realizar su presencia universal. En la raíz de todo el problema está la idea del cuerpo, éste actúa como una niebla espesa que hace borrosa la visión de la conciencia que comienza a percibir una diferencia cuando no existe ninguna. Los esfuerzos psicológicos del buscador son vanos ante estas fuerzas metafísicas, porque no es humanamente posible satisfacer la idea de que allí no está realmente un objeto ante nuestros ojos. El objeto rehusa presentarse meramente como una idea, y nadie jamás ha tenido éxito en liberarse del amor por los objetos, porque el amor no puede retirarse de lo que es visible realmente como un centro de significado y atracción.

Y tampoco es fácil contener la rabia contra las fuerzas que parecen obstruir el desarrollo y cumplimiento del amor. Es por esta forma de operación de la mente que con frecuencia el esfuerzo espiritual ha fallado, aún en monasterios y en grutas, y son abundantes los ejemplos de buscadores sinceros, dedicados a la meditación en reclusión por dos o tres décadas, que han caído en actividades sensoriales y aventuras egoístas. Nadie debe tener el atrevimiento de imaginar que ha dominado las técnicas espirituales o que ha dominado los deseos, a pesar de que lleve muchos años de reclusión y meditación. La razón del fracaso, en la mayoría de los casos, es una meditación errónea por años, que involucra la represión de los deseos en lugar de su sublimación. Los objetos no se han desvanecido, aún están allí listos a devorarnos con su tentadora apariencia, y están hibernando aun en una gruta, un templo o un monasterio. En tanto que veamos magnificencia y valor en las cosas del mundo, en las posiciones sociales, en el poder y las dignidades, nuestras meditaciones probablemente demostrarán ser vagabundeos en un paraíso de tontos. A menos que sujetemos firmemente los objetos y transformemos su naturaleza y forma en su constitución espiritual, no podemos decir que de verdad meditamos en la realidad. Una ola no puede resistirse al océano. Para lograr algún éxito debe sumergirse dentro del mismo océano.

En los propósitos espirituales la debilidad de la voluntad es, parcialmente, la razón del fracaso. También sucede, infortunadamente, que el tiempo que la mayoría de la gente dedica a la meditación es muy poco, en comparación con la parte del día y la noche cuando la conciencia persigue vigorosamente el placer. Cualquier pequeño beneficio que se haya acumulado durante el corto período de meditación, será probablemente arrastrado por los fuertes vientos de los deseos que soplan durante la mayor parte del día.

Así, pues, los deseos no deben tomarse a la ligera. Tienen poderes ante los cuales las más destructivas bombas no son nada. Los moradores del cielo, que envían ninfas para confundir las meditaciones de los Yoguis, son las esencias más sutiles de los sentidos, las cuales están cósmicamente distribuidas en reinos etéreos y vuelan como aviones hacia sus respectivos objetos, en tanto que el débil poder de raciocinio del hombre queda mirando aturdido y con una sensación de depresión, un talante melancólico y, al fin y al cabo, un sentimiento de desesperanza en los esfuerzos humanos.

Y no es que el esfuerzo no sirva, sino que los esfuerzos ordinarios son inadecuados. Las bellezas celestiales descienden al mundo moral para tentar a los aspirantes incautos mediante presentación constante de variedad en belleza y valor. Cuando el aspirante ha dominado una forma de resistencia, se encuentra de nuevo preso de otra, la cual es nueva para él. Mientras se ocupa con los métodos para sobreponerse a este segundo frente de lucha, encuentra que ha caído en el charco del tercer grupo, cuya existencia nunca notó antes. De esta manera parece que la vida se gastara en una lucha perpetua por conquistar el sentido de valores erróneos, pero la vida es demasiado corta aun para contar el número de tales valores, así como las fuentes de tentación y oposición. Este ha sido el dilema de miles de buscadores tanto en Oriente como en Occidente, y no es extraño que el Señor Krishna nos prevenga en el Bhagavadgita: 'De entre miles de personas, solo unos pocos intentan lograr la perfección; y aún dentro de estos pocos que lo intentan, solo uno verdaderamente la obtiene'.

La vida del buscador espiritual es una multitud de miserias, pérdidas y retrocesos, uno detrás de otro. Es como intentar nadar a través del vasto océano con la fuerza de los brazos. Estas dificultades han sido comparadas por los expertos con tareas tan formidables como atar un elefante salvaje, engullir fuego, caminar sobre el filo de una cuchilla de afeitar, o secar el océano achicando el agua con una hoja de pasto, etc. Estas analogías pueden sonar terribles, pero no están muy alejadas de la verdad. Nadie ha alcanzado la perfección espiritual siendo indulgente con los deseos, pues aun un solo acto de indulgencia sensual o egoísta, puede obrar como si se encendiera un fósforo, cuyas chispas son suficientes para producir una conflagración que consume todo el esfuerzo acumulado del pasado. Historias tales como la del santo Visvamitra, Parasara, etc., vienen a nosotros como prevenciones en el camino, señales y luces de guía, no obstante, no podemos aprender por la experiencia de otros.

Todos deben hollar el mismo camino que otros transitaron hace tiempos. Todos deben sufrir el mismo proceso por el cual Visvamitra fue disciplinado, Saubhari fue purificado o Durvasa confrontado. Los poderes del universo actúan de igual manera sobre todos, y ejercen la misma presión sobre nuestra meditación. Los amores y odios del corazón son las ansias de la estructura total de nuestra individualidad, y no son meramente funciones de la mente consciente. Es todo el ser el que salta de felicidad cuando está cerca de un objeto de amor. Cada célula del cuerpo exhala su amor. Cada nervio del cuerpo vibra en simpatía con el objeto. No es solamente la mente pensante la que funciona aquí. Es por esta razón, que el amor y el odio son tan difíciles de conquistar, pues esto involucra la conquista de los instintos de toda la personalidad, los cuales están dispuestos a saltar para perseguir un objeto u objetos. Estas sutilezas de la vida humana y de la aventura espiritual, son desconocidas para la mayoría de los buscadores. Muchos han pensado que la vida espiritual es solo cuestión de libre elección, y que es suficiente si uno anda con taparrabos, come solo una vez al día, y duerme apenas dos horas. Aunque todas estas prácticas son buenas en sí mismas, no obstante, ni siquiera rozan el borde del problema principal. Es aquí cuando muchos invocan desesperados la ayuda que solo Dios puede otorgar al buscador, ya que el solo esfuerzo no sirve de mucho.

El remedio para todo esto es la meditación misma, pues no hay otra forma. Las leyes de la Naturaleza parecen ser tales, que uno no puede vivir ni morir felizmente. Esta dificultad se resume en una simple palabra: 'Samsara'. La cura para el Samsara es la meditación espiritual, que tiene gran variedad de técnicas que deben emplearse con el mayor cuidado. Nada parece suceder cuando el proceso de meditación es tedioso, o cuando una hoja de pasto roza una mano adormecida. Pero cuando parece que un intruso ha llegado, los perros guardianes se despiertan a una actividad violenta, y ofrecen atacar con todo su poder. La belleza sensorial y la grandeza personal, que están escondidas dentro de los recursos de la Naturaleza, se excitan cuando la meditación comienza con la seriedad necesaria.

El universo es como un poderoso sistema de radar instalado por todos lados para registrar cada acción y cada acontecimiento que suceda en cualquier lugar, aun los de más leve intensidad o movimiento. Cuando la meditación se hace apropiadamente, no es un proceso de pensamiento silencioso, que no interfiere con nada, efectuado por alguien en un sereno rincón, sino una positiva interferencia con la estructura misma del universo, y algunas veces se pone en operación un sistema para que las fuerzas enemigas reciban una advertencia, por así decirlo, de que alguien está en meditación. De inmediato, lo que se conoce como naturaleza inferior reúne fuerzas contrarias, y la meditación recibe un revés. El más grande obstáculo en meditación surge de nuestras emociones, puesto que la vida humana esencialmente es un despliegue de sentimientos. Se reviven recuerdos olvidados que asumen vida una vez más, creándose un poderoso desorden que con vehemencia hace lo posible para traer a la conciencia, que está concentrada, las circunstancias mundanas de amor y odio. Es aquí cuando los anhelos que una vez fueron suprimidos se intensifican, y los deseos ocasionales de aquella persona dedicada a prácticas espirituales pueden ser aún peores que los que vemos en el común hombre de mundo. Porque la reacción que viene con una venganza siempre es más vehemente que la forma usual en que obran las fuerzas contrarias. Amores y odios son aquí magnificados, y un objeto feo luce hermoso. Tonterías pueden asumir gran importancia, y la menor reacción de alguien puede verse como una positiva enemistad. Aparecen miedos imaginarios que no se pueden remediar por ningún medio disponible, y apegos de peculiar naturaleza, a veces difíciles de entender, surgen en el corazón. En tal condición, personas de bien pueden robar un lápiz o un cortaplumas, acto que normalmente uno no cometería. Los apetitos se vuelven más virulentos y el hambre puede volverse insaciable. A pesar de ellos mismos, los aspirantes comienzan a desarrollar afectos. Para las hambrientas emociones todo parece hermoso y adorable. Se forman apegos a cosas tales como el perro o el gato. La variedad del problema es impensable.

Quienes han logrado la santidad han reiterado que las primeras oposiciones a la meditación espiritual vienen de los deseos de fama, poder, riqueza y sexo. El deseo por ganar buen nombre ciertamente es muy natural. No se tolera la censura porque es una condena al ego. El amor por el poder también puede insinuarse en la mente del buscador, y uno puede sentirse satisfecho ejerciendo el poder sobre su ayudante o sirviente, cuando no hay alguien más sobre quien hacerlo. El deseo de opulencia no siempre llega en forma de ambición por vastas riquezas, ya que los deseos son astutos en su forma de obrar, como si fueran conscientes de que si piden mucho, no tendrán éxito, así que piden cosas pequeñas que fácilmente serán concedidas. El dinero, al menos en pequeñas cantidades, deviene en una necesidad, y existen obvios argumentos en su favor. Ningún deseo se presenta sin una buena razón detrás de él. Cada preferencia o anhelo, luce racional y justificado. Pero, principalmente, el deseo de sexo supera a los demás. Se dice que este impulso solo muere cuando muere la persona. En nuestras Escrituras hay anécdotas de anacoretas sobre quienes la primera arma descargada fue el objeto de la lujuria. Esta tentación difícilmente puede resistirse. Ni siquiera el más sabio de los Yoguis se reputa completamente libre de sensibilidad a la armadura del sexo. Que alguien haya llevado la vida de hombre casado, y que con posterioridad se dedique a la meditación, no garantiza inmunidad a las futuras tentaciones del sexo, puesto que este deseo no tiene fin, y parece no agotarse por el uso constante, o estar satisfecho aún tras repetidos disfrutes. Aquellos que no están totalmente familiarizados con este instrumento del Tentador, verdaderamente terminarán en un miserable fracaso de sus intentos, y sufrirán una derrota en su meditación.

En buscadores educados el ego puede volverse vanidoso, debido a lo cual puede surgir el deseo de mostrarse o pueden, de repente, imaginar que tienen la misión de salvar al mundo de la ruina. Muchos buscadores han sentido honestamente que son verdaderos Avatâras (encarnaciones divinas), y que su conocimiento no tiene parangón en el mundo. Uno puede comenzar a sentir que siempre está en lo correcto y que nunca estará equivocado, aquí cualquier consejo o sugerencia por otra alternativa, lo harán resentirse.
Este es el dominio del ego, ante el cual los aspirantes fácilmente pueden caer.

Con frecuencia comienza a apretar el corazón del aspirante el sentimiento de un miedo desconocido, cuyo
origen no puede descubrir con facilidad. Parece como si la misma tierra se hundiera bajo sus pies, y todo el mundo lo hubiera dejado a su suerte. Hay deseo y no puede satisfacerse. Hay ansia que no puede recompensarse.

Ocasionalmente, hay ira que no puede expresarse adecuadamente. Aun puede llegar el miedo a la muerte como la última de todas las amenazas, y todo esfuerzo parecerá haber sido en vano. La vida parecerá estar terminando sin haber logrado nada, excepto sufrimiento. Estas son algunas de las horrorosas escenas que el buscador en el sendero de la meditación tendrá que atestiguar, y verdaderamente bendecidos son aquellos que logren el éxito en medio de esos precipicios y trampas. Gautama, el Buda, sufrió todas las pruebas, pero era un hombre de madera muy fina, y alcanzó la iluminación a pesar de esas oposiciones.

El exceso en la práctica puede causar enfermedad física, la cual actúa como un impedimento al progreso. La práctica excesiva puede causar en el aspirante embotamiento y cansancio mental. En cierta etapa, se llega a dudar hasta de la eficacia del propio método. Un largo período de continuo esfuerzo puede resultar en suspensión de la práctica y disminución de la meditación. Puede establecerse una torpeza general en todo el sistema y un sentimiento de ‘es suficiente’ con lo que se ha hecho. Puede surgir el deseo de satisfacciones pequeñas, las cuales cuando se cumplen, pueden asumir grandes proporciones. Luces y visiones, contempladas debido a la presión sobre el Prana, pueden confundirse con visiones de Dios o experiencia mística. A veces uno pierde el punto de concentración, el cual rehusa venir ante el ojo mental. Y cuando se ha conseguido, parece sacudirse y nunca queda permanentemente fijo. Pueden aparecer temblores en el cuerpo, depresión y disgusto, que perturban la paz mental.

El tumulto de obstáculos en meditación estará allí mientras que el pensamiento no haya entrado en el ser, y esté luchando por obtener la entrada en él. Los juicios de valor de los sentimientos individualistas y las emociones no se van con facilidad, sino que persisten viendo los objetos como buenos para adquirir o evitar. Los centros de fuerza de los que está hecho el universo, aún parecen como objetos concretos localizados en el espacio y atraen nuestra atención.

En tanto la meditación permanezca solo como pensamiento de la mente, las dificultades usuales del camino no podrán evitarse. La gran guerra tiene lugar cuando el pensamiento toca la puerta del ser y trata de entrar en él. Los oponentes son los poderosos porteros que custodian la entrada en el Absoluto.

Uno debe ser cauteloso para manejar las fuerzas contrarias. Un ataque directo y frontal no siempre tiene éxito, puesto que los enemigos son igualmente poderosos, si no mejor provistos que las energías del buscador. El aspirante nunca deberá llegar a extremos en el camino espiritual, sino que debe seguir siempre el justo medio en consideración y juicio. Algunas veces, bajo estricta vigilancia y cuidado, puede ser necesaria una pequeña satisfacción o un poco de alivio a la tensión, cuando la mente y los sentidos se vuelven turbulentos y la muerte parece ser la única cosa inevitable. El Buda, de nuevo es aquí nuestro ejemplo: mucha austeridad casi mata su persona sin que algún beneficio le trajera.

Ocasionalmente, con una tremenda vigilancia pueden ser aconsejables satisfacciones moderadas. Todo esto debe hacerse con un entendimiento sobrehumano de la situación, puesto que la ética o moral corriente en el mundo, no se aplica en su sola letra al buscador. La ética de la vida espiritual varía un poco de aquella del hombre común del mundo. Mientras que la moral de la sociedad puede ser estereotipada y pasar sin cambios de abuelos a nietos, la moral de la vida espiritual puede cambiar su énfasis sobre diferentes caras de las misteriosas dificultades del camino. El famoso verso del Bhagavadgita sobre este tema, establece una verdad para todas las épocas: El Yoga no es para aquel que disfruta mucho, ni para el que se abstiene de todo disfrute, no es para aquel que duerme constantemente, ni para el que está siempre despierto. El Yoga pone fin a las penas de aquel que es moderado en el disfrute, la recreación, el trabajo, el sueño, así como la vigilia. Este justo medio es difícil de percibir, pero puede verse con una inmensa sutileza del entendimiento discriminatorio. En todos estos esfuerzos, es necesaria la guía personal de un Maestro o experto experimentado.

Los obstáculos a la meditación pueden enfrentarse solo por la meditación practicada repetidamente con denodado vigor. En meditación, el pensamiento y el ser se unen para formar uno. Esa es la etapa de la intuición, cuando los objetos descubren su carácter esencial y deponiendo todas sus tácticas de oposición y rebelión, a las que acudían antes, asumen una actitud amistosa, y entonces todo el universo parece estar a nuestra disposición. Los habitantes mismos de los planos superiores comienzan a ayudar al aspirante, en lugar de oponérsele como hacían antes. La ayuda comienza a fluir desde todos los lados, y el gozo sobreviene en la naturaleza del aspirante. La luz comienza a fulgurar desde cada átomo del espacio, y el tiempo se vence a sí mismo. La distancia entre las cosas desaparece, y las estrellas lejanas parece que rodaran bajo sus pies. Todo lo codiciable o deseable se le presenta en su forma real como un hecho eterno del cual nunca será desposeído. El infinito y la eternidad se unen en existencia pura. Amigos y enemigos se encuentran y entran en el corazón del meditador. El universo abandona su externalidad, objetividad, materialidad y transitoriedad, y asume su forma suprema, absoluta, espiritual, inteligente y delectable.

Inmortalidad y muerte se convierten en las alas de una sola experiencia, y todos los juicios entran en el mismo ser del Juez Universal. Es el principio de una posesión universal por parte del Ser, donde la Creación parece filtrarse en su existencia, y en un resplandor de conciencia, el hombre logra el conocimiento de que su entera naturaleza, tanto física como intangible, está unida a toda la vida que palpita y pulsa por todas partes. En los estados más elevados de la experiencia espiritual, el aspirante lo incluye todo y es incluido en todo, conoce y comprende todo. Esta experiencia es supra-sensorial, supramental y supra-intelectual, aquí la personalidad tiende a desintegrarse y el buscador siente que se desliza en una esfera de vastísimas implicaciones sondeando profundidades abismales, escalando vertiginosas alturas, contemplando enormes perspectivas desconocidas en la tierra. Hay una sensación de Poder que afecta cada partícula de su naturaleza, y es bañado en una Luz de indescriptible brillo.

Hay conciencia de la interpenetración de todas las cosas, y la persona está simultáneamente en todos los lugares. Cada simple detalle se conoce exactamente en su propio lugar, en su mínimo pormenor y en su relación con el Todo. Todo se vuelve claro como el cristal, la luz brilla por separado desde cada punto del espacio, no solo desde un astro, como el sol en algún lugar del distante espacio. Uno se vuelve inmortal.

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